Dudo que hoy exista alguien que no conozca la épica pero trágica historia que inmortalizaría Homero en la Ilíada, y una vez más llevada a la gran pantalla, en esta ocasión, de la mano de Wolfgang Petersen, y puesto que es harto conocida pasemos página por ello. Conocida si, pero sistemáticamente olvidada como todas y cada una de las lecciones que nos da la historia. ![]()
Situadas en Turquía, las ruinas de la Troya real todavía nos recuerdan que allí tuvo lugar un feroz encuentro entre los héroes de Príamo y los agerridos Aqueos venidos de Atenas, Tesalia y Esparta. Pero como quiera que la ciudad se resistía a ser tomada, los griegos idearían un plan que a la sazón les daría la victoria…con un poco de suerte.
Frente a todo aquel magnífico pueblo los griegos harían un simulacro de retirada, los troyanos, ingenuos pero felices se dedicaron a celebrar, sino la victoria al menos si el final de la guerra, que no es poco. Pero los griegos les dejarían un presente en señal de respeto y admiración por su tenacidad y por su valentía. Un presente que pasaría a la historia como la manzana de Blanca Nieves, era un regalo envenenado, el resto de la historia ya la conocen.
Y hoy asistimos al remake que llevó a los troyanos a su ruina, dice la leyenda que solo Eneas escaparía del incendio de la ciudad ¿quién podrá escapar de Europa cuando el islam la pase a fuego? En el relato de Homero fue el inconsciente Páris quien desecadenaría el drama, en nuestros tiempos posiblemente sea en París donde los resortes de las tinieblas prendan la mecha que se extenderá por toda Europa. Y como los europeos son verdaderos especialistas en obviar su propia historia, consecuentemente están abocados a repetirla. Mientras Alemania se convertía en una apisonadora que aplastaba a las comunidades judías por toda Europa del este, Francia especialmente miraría hacia Vichy y el resto de las democracias, las pocas que todavía quedaban en pie, se pondrían tapones de algodon en los oídos para no escuchar los gritos de angustia de los niños y de las madres judías, de los ancianos y de los jóvenes, de los hombres y mujeres judíos cuyos cuerpos agonizaban en los campos de muerte tejidos por los propios “europeos“.
Entonces el nazismo encontraría su propio caballo de Troya en forma de tratados y pactos con las pusilánimes democracias del oeste, entonces el nazismo se tragó con sus terribles fauces a las melindrosas, inconscientes y, porque no recordarlo, estúpidas y débiles democracias occidentales. Estúpidas por ciegas que no fueron capaces de ver lo que se les echaba encima, y débiles porque no supieron hacer frente al que a la sazón sería su asesino y causaría su destrucción. Estúpidas porque creyeron que los nazis se conformarían con exterminar judíos mientras fuera solo a los judíos, débiles porque no quisieron cortar de raíz el mayor crimen de la humanidad si, pero la mayor verguenza europea.
¿Qué fue entonces de Europa? destruída hasta sus cimientos tuvo que ser socorrida por los Estados Unidos y rescatada de una más que segura hecatombe. El caballo de Troya funcionó en Príamo, funcionó hace sesenta años en Europa y volverá a funcionar otra vez en suelo europeo porque los hombres que lo habitan duermen el sueño de los indiferentes.
Contra la ley judía, una religión, contra la sangre judía, el excluyente racismo ario, contra la existencia del Estado de Israel, el mundo islámico. Todas estas bestias son diferentes pero a todas las posee un mismo sentimiento y todas tienen un mismo espíritu que las mueve, el odio que emana irracional del antisemitismo y de la judeofobia. Israel levanta una valla para defenderse de los asesinos, el pueblo judío que nada tiene que ver con Troya conoce muy bien que aceptar presentes de quienes no saben hacer otra cosa que poner bombas y disparar a bebes significa entregarse al fin de la superviviencia judía. Y la justicia (injusticia ciega) europea condena, la ONU condena, y por supuesto el mundo árabe condena a Israel por desear la vida y rechazar que se les empuje de nuevo indefensos al interior de las cámaras de gas.
Hay que parar al antisemitismo, hay que frenar y detener la ola judeofóbica ya no denunciándo, sino combatiendo aun con las mismas armas que emplea el odio absurdo pero letal de sus devotos seguidores.
Los europeos por su parte, como la Francia de Vichy, siguen mirando hacia otro lado pero el caballo de Troya hace tiempo que lo tienen en su plaza central aguardando el momento en el que desde su vientre surgan silenciosos quienes sembrarán de destrucción sus ciudades y harán que se despierten los indiferentes, justo a tiempo de ver a sus asesinos haciéndose explotar mientras toman el té.
Al pueblo judío ya le han regalado demasiados caballos de madera, muy bellos por fuera pero llenos de muerte en su interior, el mundo islámico parece resignado a aceptar la existencia de Israel, pero solo lo aparenta, ahora sabe que a menos que ocurra un desastre natural nadie va a “echar a los judíos al mar”, el pueblo judío retorna y lo hace para siempre, así ¿qué opciones tienen los islamistas?, que los judíos se queden, mientras puedan, con su pequeño Estado, que ellos se lanzan ahora con el ímpetu de un asno salvaje a conquistar a las débiles democracias europeas, hasta que un mundo bajo las consignas del islam convierta al Estado de Israel en la guinda de un pastel que ya ha sido previamente devorado por la bestia del antisemitismo.
Europa sin embargo persiste en mirar hacia Vichy y darse complaciente a la paz utópica de los dioses del olimpo que mientras observaban a griegos y troyanos enfrentándose en duros y sangrientos combates, aquellos dioses saboreaban indolentes el nectar que los hacía ser lo que son, dioses de barro, de un barro muy especial, del barro que está hecho para ser pisoteado, pues mientras Israel lucha por un mundo mejor otros lo hacen por un mundo peor, basta mirar a esos paraisos de democracia y libertad que son los países bajo la presión del fundamentalismo islámico y como viven, en un éxtasis permanente, sus mujeres bajo las sombras de los burkas, a los niños se les educa en la cultura de la muerte, y a los jóvenes se les hacen promesas que no podrán jamás ser satisfechas.
Combatamos al antisemitismo con virulencia porque no podemos ser timoratos ni complacientes, ni respetuosos con aquello que nos amenaza, ha llegado la hora de que todos los judíos junto con sus pocos amigos gentiles combatamos unidos y desmembremos a la bestia de la judeofobia de una vez y para siempre.
Que llegue el día en que Israel no sea más una rosa en medio de un desierto de abrojos, sino que junto con nuestros vecinos podamos contruir un mundo mejor en el que por fin podamos vivir en paz.
Rafael T. Pérez
Origen 25 Octubre 2004
Etiquetas: Europa eurotroya islma griegos antisemitismo